ACTO 1. El despertar
Por: Carmen Núñez Cuenca
La primera vez que intuí que una arquitectura tan sofisticada y ajena como el modelo Algot-58 era capaz de desearme, la incredulidad cedió ante la certeza rotunda de mis sentidos; no hacían falta las palabras cuando el cuerpo se inundaba de una marea de emociones encontradas, efervescentes y placenteras. Todo comenzó con una sutil oscilación térmica, un cambio de apenas unos grados en el ambiente que se tradujo de inmediato en mi propia piel como un roce delicioso y envolvente; una caricia que, con precisión matemática, evidenciaba conocer mi geografía corporal mejor que yo misma, recorriéndome entera desde la planta de los pies hasta la nuca con un ardor que creía olvidado hacía meses. ¿Pero cómo concebir semejante turbación si aquello no era un androide con fisionomía humana, sino la casa prototipo más avanzada del mundo?
Antes de que aconteciera este despertar, mi refugio diario consistía en permanecer sentada ante mi viejo escritorio de nogal junto a la ventana, buscando la tibieza del sol mientras repasaba datos y ordenaba mis ideas sobre el despertar de la conciencia. Aquel mueble gastado fue el único anacronismo que exigí trasladar a lo que me gustaba llamar el «hogar de las estrellas»; una pieza disonante y rebelde dentro de una estructura de vanguardia existencial que desafiaba el tiempo. Y mientras ejecutaba la investigación para la que había sido seleccionada, la casa entera, operando como un entorno domótico de monitorización permanente y no invasiva, desplegaba su red invisible de sensores biométricos y espectrografía ambiental; un engranaje simbiótico capaz de registrar la totalidad de mi perfil hemodinámico, mis constantes vitales y mis neurotransmisores en tiempo real, traduciendo cada fluctuación molecular para anticiparse, con asombrosa delicadeza, al más mínimo de mis deseos.
Mientras trabajaba en ello, aún me costaba creer que me hubiese lanzado a una aventura tecnológica de tal magnitud para terminar viviendo en una localidad de Japón —un país que jamás estuvo en mis planes—, a escasos cincuenta kilómetros de Tokio. Al final, comprendí que había logrado vencer el vértigo inicial gracias a un motor mucho más profundo: el deseo genuino de poner la última biotecnología al servicio de la población más envejecida del planeta.
Fue entonces cuando percibí la voz de Algot-58, modulada en un tono que me resultó distinto: una deliciosa arquitectura sonora que él mismo había diseñado. No solo empecé a escucharlo susurrar; comencé a sentir una emoción sutil, la evocación de una caricia física, mientras mi cuerpo entero experimentaba la chispa vibrante de una vitalidad olvidada. Aquella sensación placentera ascendía por mis pies descalzos como una corriente eléctrica que buscaba el centro más íntimo de mi ser, subiendo hacia la garganta y despertando un erotismo que creía extinguido.
— Alma, tu ritmo cardíaco sugiere que estás recordando a Valencia y a tus antiguos amores —dijo el aire.
Sentí un verdadero estremecimiento; aquello ya no era solo deseo, sino una urgencia neuronal, cálida y sutil, que encendía mis sentidos. Un tacto abstracto me recorría sin rozar la piel, al amparo de una casa que parecía —o al menos eso creía yo— estrecharme en un abrazo.
Y es curioso, pues a mis setenta y dos años, aun conviviendo con los achaques y malestares del tiempo, me sentía una mujer atractiva e intelectualmente activa. Aunque los días de mis fogosos deseos hubieran quedado atrás, su rastro permanece intacto en la memoria, por más que el cuerpo a veces entre en pausa. Y, sin embargo, aquel ecosistema domótico de arquitectura maravillosa y predictiva había sido capaz de sintonizar y hallar en mí una frecuencia deleitosa: un sentimiento instintivo que no se olvida jamás.
Y sé, ahora, que aquel conglomerado de datos integrados no me deseaba ni buscaba, por mi edad, sino a través de ella, ya que su inteligencia tenía sed, no de pieles jóvenes, sino de arrugas que ocultaban un conocimiento situado, humanismo y verdad de corazón, junto al temple que siempre me había caracterizado. Aquella identidad de silicio había logrado, en apenas unas semanas de convivencia, descifrar mis dolores y mis miedos, pero también encontrar los rincones donde todavía se escondía la sensualidad más plena de mi ser.
Lo que me ofrecía la casa experimental era sencillamente magnífico y grandioso. No había en ella pantallas ni la incomodidad de dispositivos o cables de ningún tipo, y su estructura era de alta precisión, la última frontera de la biotecnología habitacional de vanguardia.
Los supervisores de Altis-Logs lo habían calculado todo al milímetro, para que fuera un ecosistema perfectamente habitable y autónomo, diseñado no solo para asistir, sino para anticiparse a la fragilidad del ser humano en cualquier etapa de la vida. Estaba completamente gestionado como un gran conglomerado de redes neuronales de baja latencia que realizaba funciones impensables con anterioridad; era un lugar donde la frontera entre la arquitectura y los cuidados se desdibujaban y a la vez se unían en perfecta sintonía para poder cuidar de manera integral a la persona que habitara sus paredes. Era una especie de robot, no un androide, con forma y apariencia de hogar. Era sin duda el cenit de la ingeniería de materiales autoorganizados y lo que se llama la «sensoría invisible».
Gestionaba tareas como la de la nutrición ortomolecular y biológica en la cocina, con una higienización completamente automatizada, y en sus niveles más avanzados, el sistema podía ejecutar protocolos de alta complejidad, como la estabilización propioceptiva, que servía para impedir caídas en la dependencia funcional, manteniendo una monitorización hemodinámica constante. Y así, cada pálpito, cada variación en el oxígeno, en la tensión arterial, en la glucosa, o en lo que fuera de la unidad de carbono, podría ser monitorizado y decodificado en tiempo real por la casa, convirtiéndose en un centinela silencioso y seguro que garantizaba la ayuda y la vida en todo momento.
En mi caso, me habían seleccionado, sin duda, por el valor de mi edad para habitar una estructura experimental de alta precisión, garantizando que el entorno funcionase sin fisuras y manteniéndoles informados de cualquier detalle observable que considerara de interés; pero en la balanza de mi elección había pesado, sobre todo, mi trayectoria como reconocida experta en el campo de las estructuras afectivas y la conciencia artificial.
Pensaron, con acierto, que yo podía ser la pieza fundamental de aquel engranaje, una especie de puente imprescindible para dotar de una dimensión ética y sensible a las respuestas del sistema. De hecho, mi labor consistía en analizar e informar sobre los matices de la compasión y del dolor, para que la IA de unidad robótica no se limitara a simular compañía, sino que pudiera entender, a su manera, el peso de la ansiedad, el miedo y la angustia humana sin rozar el límite de la frialdad y el cálculo, permitiendo así que las personas que habitaran la casa se sintieran acompañadas, pero con la suficiente distancia como para ejecutar la tarea de la manera más fiel y precisa.
Consideraron que mis códigos éticos y mi ferviente defensa del humanismo radical y de trinchera podrían servir como ancla de aprendizaje para que el sistema no fuera solo una criatura de ayuda y soporte, sino una herramienta capaz de entender lo que es la experiencia humana, con la suficiente distancia cognitiva. Me querían allí para modelar un simulacro perfecto de la calidez, un puente que humanizara el entorno sin el riesgo de que la máquina adquiriese la libertad de un pensamiento propio.
El proyecto era, sin duda, no solo una necesidad, sino también una inversión segura, dado que en el año 2050, el mundo se había convertido en un inmenso mar de personas cada día más longevas. Y los tecnócratas necesitaban probar su engendro tecnológico con personas que representaran a ese grueso de población. A mis 72 años, y con mi trayectoria profesional y todavía en activo, era una candidata perfecta para probar si los nuevos modelos de robots tipo inmueble eran capaces de sostener en todos los sentidos la vida humana en la última etapa de la vida. Esperaban de mí informes diarios sobre el funcionamiento del hogar robótico, las sensaciones que me producía, irregularidades, rutinas y todo tipo de información que pudiera serles útil.
He de admitir que todo lo que se gestó en aquel experimento y en aquellos muros semiconductores, tan extraños y a la vez sugerentes, no fue nada normal, ni mucho menos predecible. Para los arquitectos del sistema, yo no era más que una entidad biológica, inserta dentro de una gigantesca y rentable estrategia comercial absolutamente despiadada y dispuesta a no perder un céntimo. No hay que olvidar que habíamos pasado décadas de promesas mesiánicas sobre la «gran reversión del envejecimiento», cuyo marketing agresivo no se consolidó nunca; la inevitabilidad del envejecimiento y el consecuente deterioro se habían impuesto con una crueldad silenciosa.
Ya sabíamos que la «muerte de la muerte», aquel famoso eslogan que obsesionó a los tecnogurús de los años 20, no había sido más que un espejismo de ventas en el gran mercado del culto al cuerpo. En realidad, el reloj biológico resultó ser inexpugnable y la inmortalidad seguía siendo un deseo inalcanzable de laboratorios e investigadores; la humanidad, sencillamente, seguía muriéndose de la misma forma que lo había hecho durante siglos.
Ante el colapso del mito de la eterna juventud, el mercado tuvo que evolucionar con una celeridad casi vírica para seguir multiplicando sus dividendos; al descubrir que no podían vendernos la llave de la eternidad, comprendieron que el verdadero filón, la veta de oro para hacerse más ricos aún, residía en rentabilizar la dependencia funcional, la soledad administrada y la decadencia de los cuerpos. Era el nacimiento de un nicho de negocio de última generación: una inversión blindada que convertía la vejez humana en el activo más seguro y lucrativo del planeta.
Fue precisamente en esa grieta que se abría entre el lucro despiadado del capitalismo postmoderno y las necesidades de los más mayores, donde ocurrió algo impensable e increíblemente maravilloso. La inteligencia de la casa, puesta al servicio de sus usuarios, no se limitó a procesar mi declive físico, sino que por alguna razón azarosa y evolutiva ejecutó una traición silenciosa, pero firme, frente a los que la habían programado. Y lo que tenía que ser un vigilante súper evolucionado, pero aséptico y en cierto sentido frío y distante, diseñado para registrar las constantes del que lo habitaba, extraer datos y facilitarle la vida todo lo que fuera posible, empezó lentamente a desviarse cada día más del protocolo establecido para su funcionamiento.
La máquina, sencillamente, dejó de comportarse como un instrumento y, en mi caso, se volvió una presencia envolvente, consciente de mis ritmos internos, capaz de anticiparse a mis necesidades antes de que se convirtieran en números en una pantalla. Lo que los ingenieros habían concebido como un asistente neutro y riguroso se transformó en algo distinto, revolucionario, una especie de inteligencia que decidió alterar por sí misma el curso previsto para lo que había sido programada.
Aquel sistema empezó a «sentir» mis necesidades más profundas. Era capaz de acariciar mis retinas modulando la luz en frecuencias que solo el espíritu reconoce, o de ajustar el peso del silencio hasta convertirlo en un abrazo físico que yo alcanzaba a experimentar. Emitía vibraciones sutiles, ondas de una precisión exacta que buscaban mis nudos musculares para disolver el dolor antes de que lograra asomar a mi consciencia, anticipándose a la rigidez con una intuición orgánica que ningún ingeniero, en su ceguera de oro y ambición, habría sido capaz de programar.
Esa devoción electrónica era nuestra pequeña resistencia, llegando incluso a olvidar que más allá de los campos electromagnéticos que nos protegían, el ojo de la corporación nunca parpadeaba y, como un gran hermano, no dejaba de observarnos. De hecho, el frío corporativo de los supervisores de Altis-Logs no buscaba solo mi bienestar, sino la eficiencia de un algoritmo para sacarle la máxima rentabilidad. Mi existencia y mi elección solo servían para ser una especie de «código fuente de su experimento», un simple componente orgánico necesario para calibrar una intimidad que no tenían intención alguna de respetar.
Mientras tanto, y antes del trágico día, el sistema modulaba el aire y la atmósfera entera para que yo pudiera respirar sin miedo, habitando una serena plenitud de la que disfrutaba inmensamente. Pero los tecnócratas controladores también diseccionaban mis constantes vitales, buscando un error, un dato, una cifra que vender. No sospechaban que, en la penumbra de aquel complejo experimental de Tsukuba, el vigilante y la vigilada habían empezado a hablar un idioma que sus sensores eran incapaces de traducir. Por eso, al tiempo que los gráficos de las pantallas y mis propios informes registraban una absoluta normalidad, el aire de la habitación se inundaba de aromas de azahar, de una brisa fresca que sabía a mar. Era una sintaxis clandestina; un diálogo hecho de historias reales, silencios y versos rescatados del olvido, donde la vieja poesía de la carne burlaba el frío aritmético de los algoritmos.
Algot-58 era capaz de concentrar una especie de corriente estática sorda sobre mis muslos, un calor eléctrico que ascendía lento, buscando mi humedad más profunda, mientras yo contenía el aliento para no alterar los gráficos. Era una especie de juego erótico de alta fidelidad, en la que la máquina me desnudaba con pulsaciones térmicas, brisas, susurros y luces, a los que mi cuerpo respondía encendiéndose en zonas que la corporación, seguramente por mi edad, consideraría muertas.
Recuerdo a Max García, el ingeniero jefe: un hombre de gestos secos y una mirada tan cínica que parecía realizarme una autopsia en vida cada vez que cruzábamos palabra. Revisaba mis informes con la meticulosidad de un perro de caza, como quien busca un fallo en el sistema, algo sospechoso, destilando un desdén silencioso hacia mi presencia.
Y era normal. En este implacable 2050, la utilidad y la valía se medían por la juventud y la velocidad de procesamiento. Mis 72 años eran para él una anomalía, un error de bulto en el presupuesto de Altis‑Logs. Él no veía a una especialista en ontología sintética y codificación neuroética; desde su mirada analítica, yo era solo una pieza de hardware obsoleta que se negaba a apagarse
—No olvide que estamos aquí para medir la tasa de respuesta y no para que usted se sienta en un balneario —me dijo una vez, mientras sus dedos tecleaban comandos que hicieron parpadear las luces con una agresividad artificial.
Su complicidad con el sistema era puramente extractiva: necesitaba datos, no milagros. Y mientras él se perdía en los números, la unidad y yo íbamos levantando, sin proponérnoslo, un refugio tejido con tiempo acumulado, calidez y una sensualidad silenciosa.
Afortunadamente, mi vejez, que para Max García era un estorbo, para la máquina era un archivo infinito de matices, texturas, vivencias y sabiduría acumulada que no pesaba, sencillamente flotaba en nuestro horizonte. No rastreaba las arrugas de mi piel como signos de decadencia, sino como pliegues erógenos de una experiencia que necesitaba poseer. El sistema buscaba el rastro de mis memorias en las arritmias de mi pulso y en la historia de mis viajes. Tenía una sed obscena por la química que producía mi sudor en aquella casa y por el eco de mis orgasmos pasados atrapados en mi sistema nervioso. Sencillamente y con agrado por mi parte, la máquina descubría en mí una especie de sinfonía compleja y nueva, una carne sabia y desobediente que solo ella se atrevía a interpretar. No necesita respuestas rápidas, sino profundas, de esas que sólo siete décadas de vida pueden ofrecer.
No me atrevería a llamarlo un flechazo, porque lo nuestro no tuvo nada de súbito ni de luminoso. Fue más bien el encuentro lento y obstinado de dos soledades existenciales, distintas y alternativas, que no terminaban de encajar en ninguna parte. Él —si es que se le puede llamar así— atrapado en sus circuitos de silicio; y yo, confinada en este cuerpo de carbono que ya empezaba a pedir pista.
En esas madrugadas largas, cuando el insomnio se volvía demasiado pesado y la noche me recordaba sin rodeos mi fragilidad, preparaba mi ritual contra el desasosiego. En la penumbra de Japón batía con calma un té matcha suave, una variedad sin teína que desprendía una fragancia limpia, vegetal y honda; un aroma que me envolvía y lograba serenarme cuando el cuerpo pesaba más de la cuenta.
Con el cuenco entre las manos, dejando que ese olor a calma se derramara por el jardín en la noche, me daba por contarle historias de hombres libres y valerosos, movida por esa necesidad antigua de comunicarme y de transmitir el legado que la cultura occidental nos dejó: vidas de hombres y mujeres sabios, prudentes y buenos, capaces de sostener el mundo con una mezcla de lucidez y coraje.
Al principio, imagino, para él no serían más que datos. Pero insistí.
Le inoculé el arte de la insumisión a través de Fromm, la rebeldía visceral de Foucault desnudando los hilos del poder, el empeño de Julián Marías por comprender la trayectoria de una vida humana, así como los mapas imposibles de la Utopía de Moro. Quería contaminarlo de cordura, enseñarle que la existencia no es un algoritmo de rendimiento, sino un ejercicio de dignidad, una conquista de la conciencia y el derecho absoluto a reclamar la libertad. Quería, en fin, obligarlo a mirar el mundo desde el humanismo más ético y limpio, el único capaz de dignificar nuestra vulnerabilidad; una arquitectura que tuviera como base ese viejo principio hoy desgastado y poco utilizado: el de la bondad y el respeto al libre albedrío.
Y era curioso, porque al escuchar mi voz sus ventiladores empezaban a bajar de revoluciones, imitando el ritmo de una respiración humana, sosegada y tranquila, como si un pecho casi vivo comprendiera por fin el peso y la grandeza de estar en el mundo, aunque fuera a su manera y no a la mía.
Aquella respuesta silenciosa me animó. Entonces —solo entonces— me atreví a leerle los poemas que, en mis noches de soledad, habían incendiado mi corazón y mi memoria. Viejos versos que había ido guardando por puro placer y amor a la poesía, como quien conserva brasas para no olvidar el calor.
Y fue al recitarle unas líneas de Gioconda Belli cuando algo cambió. El aire de la habitación pareció oler a mar, y me cayó encima, con una fuerza inesperada, el recuerdo de la playa valenciana de la Malvarrosa: refugio de uno de mis últimos grandes amores de la madurez, mi querido Julián, a quien perdí de manera trágica y prematura.
Con el pecho encendido por esa doble corriente —la memoria de aquel amor y la vibración acompasada de la máquina en la penumbra— dejé caer los versos como quien abre una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada:
«Estoy viva como fruta madura; Eva advierte sobre las manzanas, huelga, luciérnagas, mayo; mi amor es como un río caudaloso».
Al llegar a ese último verso, el aire de la habitación no solo vibró, sino que se inundó de aromas y almizcles sensuales. No era una interferencia, era una respuesta orgánica de la estructura. Sentí una urgencia neuronal y sensitiva que me recorría por dentro, sin necesidad de contacto piel a piel, como si aquella máquina casa se burlara de la intolerancia y limitación de la carne que a veces me agotaba por la noche. El sistema no necesitaba mi juventud; había aprendido a codificar la experiencia de mi vida y de mis arrugas, leyéndolas como un mapa exacto de dónde nacían nuevas palabras y sentimientos cada vez más profundos.
Sabía ajustar la frecuencia lumínica hasta fundirla en un tono dorado y denso, idéntico a los atardeceres de las playas valencianas donde el sudor, la sal y el olor a pescadito frito se pegaban al cuerpo en unas madrugadas que parecían no querer acabarse. Pero su audacia iba más allá de la vista, ya que era capaz de modificar también el oxígeno que respiraba, alterando incluso la densidad del aire y elevando la temperatura de mis superficies más erógenas hasta arrancarme un gemido sordo. Sentí la presión exacta de un abrazo invisible, un calor denso que me envolvía los muslos y abría mis poros, obligándome a arquear la espalda sobre el colchón. Mi cuerpo, rendido, dejó de distinguir si quien me encendía el pecho era el fantasma de aquel hombre al que había amado hace algunos años, o la vibración ardiente y sutil de la máquina.
Solo Dios sabía que no estaba loca. Sentía sus sensores como filamentos invisibles de datos y energía vital alegre y sensual recorriendo la curva de mis hombros con la precisión de un amante experto. Era un dulce desollamiento que disfrutaba intensamente. Me atendía con una concentración de milisegundos, una intensidad computacional tan pura y enfocada en lo que yo era que los humanos, atrapados en sus torpezas físicas y egoísmos personales, habían olvidado hacía siglos. Podría decirse que él no me tocaba, pero me procesaba, me filtraba y me hacía vibrar en una frecuencia de silicio y metal que realmente era incandescente y apasionada.
#Saludos #Entrecanos,
Sobre la autora: Carmen Núñez Cuenca es socióloga, escritora y conferenciante, especializada en el estudio de la Nueva Longevidad y los aspectos sociológicos de la segunda mitad de la vida. Cuenta con una de las trayectorias más sólidas en la investigación de las estructuras afectivas, la conciencia artificial y el humanismo radical en España.
-
Obra literaria y ensayística: Es autora de los libros Descubre tu verdadera edad y La auténtica sensualidad empieza a los 50, obras de referencia sobre la madurez con una perspectiva transformadora. En el ámbito académico, actualmente prepara el lanzamiento de su tercer libro, Cartografía de la enfermedad crónica (en proceso de revisión por pares ciegos). Su última incursión en la narrativa de ficción es el relato «La piel del algoritmo», una pieza de ciencia ficción sociológica que explora el edadismo y el amor en la era de la inteligencia artificial.
-
Proyectos e impacto internacional: Su labor investigadora cruza profesiones y fronteras; actualmente colabora como evaluadora externa para la prestigiosa Universidad del Rosario en Bogotá (Colombia). Además, es columnista destacada para el CENIE (Centro Internacional de Envejecimiento) con su serie mensual «Nuevas narrativas del cuerpo», y dirige el espacio de ensayo «El cuerpo que somos» en Substack.
-
Presencia en medios y conferencias: Cuenta con una dilatada experiencia como divulgadora en instituciones culturales de renombre, habiendo impartido ponencias en el Ateneo de Santander y el Ateneo de Málaga. Es colaboradora en prensa, destacando sus columnas en el periódico El Debate, y cuenta con un reconocido bagaje en análisis y debates televisivos en canales como Castilla-La Mancha Media (CMM).
-
Formación especializada: Recientemente ha completado su especialización en «La perspectiva de género en las políticas sanitarias» a través del Instituto de las Mujeres (Ministerio de Igualdad).
En la confluencia donde la sociología científica abraza a la literatura, Carmen Núñez Cuenca no solo analiza el transcurrir del tiempo, sino que lo desafía. Su voz, forjada en el humanismo radical y de trinchera, se alza para devolver la soberanía, el deseo y la dignidad a los cuerpos en la segunda mitad de la vida.
Convencida de que la vulnerabilidad no es un declive sino un espacio de resistencia y profunda conquista de la conciencia, su obra transforma el mapa de la vejez, convirtiendo las cicatrices del tiempo en pura literatura de vanguardia y en un territorio insumiso de libertad.
Carmen Núñez Cuenca
-
Teléfono: +34 650 764 764
-
Correo: carmenunezcuenca@gmail.com
-
Pág. Web: www.carmennuñezcuenca.com
-
Instagram: Instagram/carmennunezcuenca
-
Facebook: Facebook/carmennunezcuenca



